Riñones de ternera al fino. Empanadilla de foie gras y trufa. Paté de ave.
A Horcher hay que volver siempre. Y no porque tenga una cocina especialmente refinada, aunque sus maneras clásicas me recuerden a la culinaria de fiesta en mi casa. Ni por el servicio, de formas impecables, pero a veces apresurado y algo brusco. Ni por el público, que inevitablemente se ha ido envileciendo. Ni siquiera por la carta de vinos, que se ha empobrecido en referencias y enriquecido en precios en los últimos años. Hay que volver por la magia, por la atmósfera, por esas salas elegantes que colocaban al comensal en el centro de todo y porque, a pesar de todo, sigue teniendo ese aura de gran restaurante europeo. @restaurantehorcher
